A pie con ruedas

De camino a sendero

No, no caminamos a Santiago de Compostela. Hace 3 días partimos desde Madrid y vamos por el Camino de Madrid, en dirección a Santiago. Pero no vamos allí. Esta vez no vamos a Santiago, tenemos otro objetivo.

Quizás nunca más veamos la catedral, la imagen y la cripta de Santiago y nos parezca lo mismo que esas 2 veces cuando fuimos. Además, sólo la primera vez es de verdad. Llegar a Santiago por primera vez sin antes haber estado ahí. Después de 104 días, 2700 kilómetros caminando, hemos llegado, y dentro de la catedral un final y un comiendo al mismo tiempo. No, el Camino no nos había cambiado. Ahí estábamos cuando volvimos a casa. Pensamos lo mismo, hicimos lo mismo que antes. ¿Y ahora? ¿Qué haríamos si nunca hubiéramos caminado a Santiago? No estaríamos acá. Mientras íbamos en el Camino crecía algo, algo se gestaba. Brotaba, salpicaba pero tomaba forma lentamente. El tomar conciencia que excursionar, yendo a pie por el camino, nos hace feliz. Y eso perfectamente puede durar 104 días. Por eso estamos aquí. Por eso vamos el Camino de Madrid. Pero ahora, justo ahora dudamos como nunca antes: ¿dónde comenzamos?

Madrid lucía aun todo tan radiante y soleado cuando empezamos en la Iglesia de Santiago. No es sólo el tiempo soleado, nosotros también brillábamos. Tenemos ganas de hacerlo y nos creemos el cuento. No porque somos alegres o porque somos peregrinos, sino también por nuestros carritos. Estos carritos de excursión los hemos llenado con nuestro equipaje. Alrededor de 30 kilos por persona. 3 veces más de lo normal que llevamos para unas vacaciones de excursión. Caminamos lento con los carritos detrás de nosotros. Las superficies irregulares de las veredas en Madrid y los bordes no son ningún problema. Pero fuera de Madrid vamos escalando y debemos tirar fuerte de los carritos para traerlos. El camino se vuelve rocoso y estrecho. Yo voy adelante y Jeannette me sigue. ¿Qué nos motiva a caminar con tanto equipaje?

No sólo mi cabeza duda, mis pies también protestan. Y yo aprecio mis pies, los amo, porque me llevan a todas partes donde yo quiera. Mis pies están acostumbrados a excursionar y automáticamente esquivan todos los obstáculos que encuentran a su paso. Saltan barrera con la mayor facilidad, esquivan troncos y piedras en el camino. Saben que hacer, escogen rápidamente la dirección correcta, sin pensarlo dos veces. Ya he caminado un resto antes que me dé cuenta que he escapado de un tropiezo. Pero aun no he encontrado la forma de que el carrito no me moleste los pies. Mis pies son ágiles, pero las ruedas del carrito no son tan flexibles. Se siente el golpe de la rueda con la piedra que mis pies silenciosamente esquivaron. Mis pies quieren ir por su propio camino, pero las ruedas ponen las cosas en orden. Deben aprender a caminar de nuevo, no hay más automatismos. Yo debo forzar mis pies a escoger un camino, a tomar otras decisiones. Decisiones que también toman en cuenta las ruedas que van detrás mío y sufren la irregularidad del camino.

Hoy sopla un viento helado y a veces nos cubre una lluvia fuerte. Todos nos habían advertido sobre el clima aquí. Caminar en junio por Madrid y Valladolid, eso estará muy caluroso. Un sol quemante con temperaturas sobre los 30 grados Celsius. Tengo mi pantalón y chaqueta de lluvia puestos pero aún tengo frío. Después de 3 días nos acostumbramos al carrito detrás de nosotros. Pero después de pasar Navacerrada, en un camino lleno de raíces de árboles, camina Jeannette. Ella sabe que sólo pudo mantenerse de pie gracias a un árbol que sostuvo. El camino es muy accidentado y empinado que no logra pasar fácilmente con el carrito. Yo dejo mi carrito a un lado de un árbol y subo rápidamente donde Jeannette para sostener su carrito. Tiro su carrito desde la parte de atrás hacia arriba y con Jeannette, aunque con dificultad, logramos levantarlo. Un par de cientos de metros más y completamos un cuarto. Nos paramo y Jeannete pregunta si también necesito ayuda. Yo dudo por un momento, pero cuando veo mi carrito lejos allí abajo, me doy cuenta que lo lograré sin ninguna dificultad.
Ya son más de las 7 cuando entramos a Cercedilla. En realidad queríamos acampar cuando saliéramos de Cercedilla, pero cuando vimos un hostal pasar Jeannette lo mira con importancia. Yo trato de sacar mi guía turística de mi pantalón pero mis muy entumecidos dedos debido al frio y la lluvia no me cooperan. Yo le hago un guiño “¿Hagámoslo?”. En 3 días caminamos 66 kilómetros con carrito. Se siente como si fueran 100 sin carrito. Así no estaremos nunca en 10 días en nuestro destino final que habíamos planeado: Sahagùn.

El antiguo camino romano

Antes que partiéramos la siguiente mañana desde Cercedilla hacemos algunas compras. Esta noche vamos a acampar y compramos todo para el snack de medio día, la cena y el desayuno. Jeannette ve un pequeño barril con 5 litros de agua mineral. “Mira”, dice ella, “Eso nos servirá”. Yo lo dudo, pero minutos después partimos desde Cercedilla con el pequeño barril atado en mi carrito, y eso mientras pasamos por la Guadarrama, un ascenso hacia Puerta de Fuenfria a 1800 metros. Caminamos ahora sobre un liviano y ascendente camino de asfalto, en él preferimos caminar por el camino de tierra paralelo, así el ascenso no se hace tan pesado. Despues de caminar 2 horas, el camino de asfalto termina y empieza llover. Nosotros seguimos sobre un camino de tierra que proviene de un antiguo camino romano. Los caminos romanos no están hechos para los carritos, y los carritos no están hechos para los antiguos caminos romanos. Las enormes rocas están puestas sin ningún orden. Un carrito puede fácilmente desaparecer en los surcos que están entre las rocas, y así ocurre. En realidad este no es ningún camino, es un verdadero obstáculo romano antiguo. Cada uno lucha para llegar arriba y cada vez que pienso que puedo llevar el carrito con más facilidad veo un trayecto del camino que está en mejores condiciones. Cada vez se parecía esto a una ilusión. Dos españoles de edad con palos de trekking pasan al lado de nosotros. Aquél con un gorrito de alpinismo azul, gran bigote gris y un grueso cigarro en su boca se para a mi lado y me mira de pies a cabeza. Se saca el cigarro de su boca y dice: “Necesitas una moto, eso es mucho más útil”. Su compañero también se acerca y apunta un poco tembloroso, con su palo de trekking, el barril de agua que está arriba de mi carrito “Ahí puedes colocar una silla de montar, eso es aún más útil”. Me miran con piedad y luego se van riéndose en voz alta. Con la última energía que me queda me arrastro hacia adelante, Jeanette hace lo mismo unos metros después. La lluvia se había convertido en una suave llovizna y en la neblina empezamos nuestro descenso hacia Segovia.

Con wheelie en nubes

El carrito me da un pequeño impulso en mi espalda, mis pies bailan sobre el camino. El carrito y mis pies han hecho las paces. A veces estos últimos dan un paso extra, pasos a la izquierda o a la derecha para adjudicarse un camino libre de obstáculos para las ruedas del carrito. Éste baila detrás de mis pies. El agua chapotea al mismo ritmo. Con el carrito voy bajando la montaña dando pequeños saltitos, saltitos que daba sin pensar. La llovizna no me afecta. Los árboles a mi alrededor se desvanecen lentamente en la neblina. El mundo de mi alrededor termina en 100 metros, allá afuera ya no existe el mundo.

30 kilómetros por día

Los siguientes días caminamos más de 30 kilómetros por día. Los caminos están en buen estado y eso nos alegra. Para no llegar tan temprano a Sahagùn acortamos los 3 últimos días. Y tal como la primera vez que llegamos a Santiago, este final es también un nuevo comienzo. Nuestra meta aún está delante de nosotros y no se llama “camino” pero sí “sendero”, “El sendero de Chile”, un camino que está en Chile. Un camino de 7.500 kilómetros por Chile, de norte a sur. 300 días avanzando 25 kilometros por día. 300 días llenos de felicidad. Y aunque Chile también tiene un Santiago, con catedral, ese no es nuestro objetivo. Nuestro objetivo es el Cabo Froward, el lugar más austral del continente sudamericano. Atravesar de una sola vez Chile, de norte a sur, por el sendero de Chile, caminando. Aún no hay registro que alguien haya hecho eso, y nosotros los haremos. Por eso caminamos el Camino de Madrid. Así podemos “refrescar” nuestro español y mantener nuestra condición de caminantes. Pero aún más importante: probamos los carritos con los cuales recorreremos Chile. Por que Sendero no es ningún camino. En el Sendero no hay ningún “bon courage” o “buen camino”, ningún albergue, ningún comunal, parroquial o privado. Ningún pueblito francés con una cantina al frente de la iglesia de donde pides las llaves de una casa amueblada especial para peregrinos. Ningún pueblito. Bueno, pequeños pueblitos, separados por más de 200 kilómetros. Y entremedio no hay nada, nada ni nadie. Debemos acampar y ser todo el tiempo auto suficientes. Debemos llevar nuestro propio alimento y cocinar. Las mochilas por lo tanto no ayudarán. Para eso hemos comprado 2 carritos con los cuales podemos llevar hasta 40 kilos por persona. Esos carritos son los que hemos probado, aunque no con 40 kilos, porque aquí sí hay albergues. En el Camino de Madrid los pueblitos y restaurantes están a poca distancia, pero ahora sabemos que podemos caminar con los carritos. Y ese es nuestro objetivo.

Arbol


Caracteristicas del viaje
Trayecto: Madrid – Sahagun
Distancia: 330 km
Caminado en 13 días
Diferencia de altura promedio: 380 metros ascendiendo y descendiendo por día
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